Adiós a un genio

19 01 2008

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Ayer murió Bobby Fischer.

Para los que pasamos una buena parte de nuestra infancia y adolescencia entre tableros, trebejos y libros de ajedrez no puede pasarnos inadvertido.

Todavía recuerdo la primera vez que oí (mejor leí) de él. A veces, en las largas tardes de verano y sin que nadie lo supiera, subíamos mi hermano y yo al desván del último piso de casa de mi abuela, a rebuscar entre las pilas de cosas que allí se amontonaban. Subíamos a ver lo que encontrábamos, casi siempre cosas viejas e inservibles y libros y revistas muy viejos que habían sido de mi abuelo, pues había sido constructor de radios en la posguerra y acumulador de cahivaches. Con lo que encontrábamos pasábamos el rato, primero averiguando para qué podían servir y luego peleándonos por ellas. En una de estas exploraciones, encontré algo que cambió mi vida, encontré un polvoriento libro titulado ‘El match del siglo’, donde se narraba a medio camino entre una novela de intriga y un reportaje periodístico lo que fue la disputa por el campeonato del mundo de ajedrez, entre el entonces campeón mundial, el soviético, Boris Spasski y el aspirante, el norteamericano Robert Fischer.

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Era el año 1972, en plena guerra fría, y la espectación era enorme, puesto que la primacía soviética en el ajedrez, fruto de su enseñanza en las escuelas, venía desde 1927; por primera vez un occidental tenía a su alcance la corona mundial; todos extrapolaban la situación a un posible conflicto entre EEUU y la URSS. Ya no pude dejar de leer, y aunque ya jugaba de vez en cuando, desde entonces fue una pasión. Fischer representaba el espíritu libre, la genialidad y la creatividad, también la lucha contra la tradición y aire fresco. Ganó brillantemente, aunque no exento de incidentes, aquel campeonato que marcó a una generación, y me atrevo a decir, que desde un punto de vista psicológico, anímico, marcó el declive de la Unión Soviética, aunque no se produciría definitivamente hasta 1989.

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Por desgracia, el momento culminante de su carrera, aquella victoria en Reikiavik , también marcó el final de su carrera, pues ya no volvió a jugar en público (hasta 1992 y de manera aislada) y llevó una vida retirada y excéntrica.

Ahora, ya no podremos soñar más con que la magia de Fischer vuelva a los tableros.

¡Buen viaje!


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